La princesa kaguya o el aborto de la luna

San Juan del Río, Qro. 23 agosto 2015.- El bambú ruge tras el crujido de su muerte, el anciano carga el lacerante esqueleto de una naturaleza fúnebre, la existencia de la noche emerge a un costado de los sorprendidos ojos; todo brilla, los latidos de la montaña soplan sobre el molido rostro de las estrellas, la luna ha besado la tierra, la luna entrega bostezando con fuego su estirpe en un beso bruno. La comunicación herida fluye sobre la aldea, el llanto de la noche arrulla con lenguas la lasitud hiriente de la mezquindad humana.

La última cinta hecha por el japonés Isao Takahata y estudios Ghibli titulada La princesa kaguya absorbe la cosmovisión del universo unificando sobre ella trazos de ensueño, espejismo, crudeza en un lienzo lánguido de digerir.

El argumento ofrece una historia situada en la Japón rural. Un viejo cortador de bambú es sorprendido por el fulgor ávido de un tronco en medio del bosque, dentro del tronco se aloja una niña. El viejo la lleva a su choza y junto con su esposa la crían, rápidamente se dan cuenta que la niña es distinta a los humanos (su crecimiento físico sufre un incremento cada instante). “Sus padres” perciben a la niña como una princesa mientras ella junto con sus amigos (niños aldeanos) disfrutan los encantos del bosque, de la montaña. La felicidad la empapa, la sumerge. Pasan los días y el viejo cortador de bambú nuevamente se encuentra en el bosque. Sigue talando; en eso, la luz de uno de los bambúes lo asombra, lo impacta, encuentra oro dentro de uno de ellos, lo coge y lo lleva a casa. El viejo supone que no es casual dicho fenómeno, los dioses quieren que “la princesa” tenga todas las comodidades en la tierra. Error. Ella es la hija de la luna, ella es la bocanada de la noche, es el latido sangrante de las estrellas, es el hálito beso entregado a los hombres.

¿Por qué somos el juguete favorito de los dioses? ¿Por qué la ambición ciñe nuestras almas en una desventura gélida anónima? ¿Por qué nos entregamos a la codicia sobre un mundo simple que agoniza con nuestras mutilaciones y roturas? ¿Por qué nos herimos a través del tiempo ansiando desangrar nuestra naturaleza en una superficialidad abrupta y sin sentido? ¿Por qué no somos más naturales?

Nademos sobre los cielos, bebamos sobre la anoche, saltemos sobre los soles, juguemos a besarnos como los niños, seamos pasto, seamos música, seamos…

Seamos…

Por Abraham Cortés

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